Baño frío para enfermos

b. El baño frío para enfermos

Al describir en la 3ª. parte las distintas enfermedades se determinará cómo y cuándo está indicado su empleo. Por ahora debo limitarme a algunas observaciones de carácter más general.

Las naturalezas sanas y robustas poseen, en sí mismas, la fuerza suficiente para segregar y eliminar los gérmenes morbosos. Por el contrario, las enfermas o debilitadas por la enfermedad necesitan el concurso de otros agentes para lograr ese resultado; uno de los más poderosos es el baño frío, excelente ayuda para los enfermos y reconstituyente para los sanos.


La principal aplicación del expresado baño está en las "afecciones febriles", o sea en todas las enfermedades que van acompañadas o precedidas de fuerte calentura. Esta empieza a ser temible cuando alcanza de 39 a 40º, porque debilita por modo extraordinario y abrasa la cubierta natural del cuerpo humano. Muchos que se salvan de la enfermedad, sucumben por falta de fuerzas. Mirar con indiferencia este pernicioso incendio o esperar con apatía sus resultados es poco cuerdo y altamente peligroso. En tales casos ¿qué efectos pueden producir ni la quinina, con ser tan cara, ni la antipirina, que está al alcance de todo el mundo, ni la digital venenosa, que, además, son enemigos declarados del estómago? Cuando la fiebre ha alcanzado esa intensidad, los medicamentos no son más que paliativos, débiles remedios para tal dolencia. ¿Y qué diremos de esas sustancias tóxicas que infectadas en el cuerpo del paciente, le producen una embriaguez artificial que le priva de la sensación y de todo conocimiento? Aparte la cuestión moral y religiosa, causa dolor y lástima ver al enfermo así tratado yaciendo en el lecho con el rostro desencajado y los ojos inquietos. ¿Y todo para qué?. Lo indispensable en tales casos es apagar el fuego febril: los incendios se extinguen con el agua; el fuego general del cuerpo humano se extingue de raíz con el baño completo. A cada nueva llamarada, tan pronto como se deja sentir la intensidad del escalofrío y de la calentura se repite la operación y, aplicada con oportunidad, el agua se hace pronto dueña del incendio. Tal acontece en las irritaciones, escarlata y tifus.

Hace algún tiempo que en los grandes hospitales se usan los baños en lugar de la quinina, para evitar los grandes gastos que esta sustancia ocasiona; posteriormente he tenido la satisfacción de ver en los periódicos que en los hospitales militares de Austria se combaten con el agua varias enfermedades, entre las que se cuenta el tifus. Lo que no puedo comprender es que se aplique el tratamiento hidroterápico al tifus y no se haga lo propio, segun aconseja la inexorable lógica, con todas las enfermedades que tienen análoga procedencia. Por eso muchos, aún de los que rinden culto a otras teorías médicas, esperan con impaciencia esta prueba de consecuencia y buen sentido.

Debo hacer aquí una observación, que es aplicable más bien a toda clase de lavados. No todos los enfermos se hallan en disposición de tomar baños de cuerpo entero; algunos ni aún pueden moverse de la cama por falta de fuerzas. ¿No habrá medio de aplicar a estos enfermos los tratamientos hidroterápicos? Es evidente que si nuestras prácticas son tan variadas y ofrecen tantos grados y subdivisiones, que el sano y el enfermo de mayor gravedad encuentran en ellas lo que más le conviene a cada uno. Lo que importa es tener acierto en la elección.

Si se trata de enfermos de gravedad que no pueden tomar el baño frío completo, se suple este con lavados totales, que pueden aplicarse en la cama, según se hace notar al hablar de este tratamiento. Dichos lavados se repiten, lo mismo que los baños completos, siempre que la fiebre acusa una temperatura elevada.

Pero con estos enfermos no puede emplearse en ningun caso un tratamiento severo, con el que, de ordinario, no se haría más que agravar el mal.

Recuerdo, a este propósito, un enfermo que estuvo once años sometido a tratamiento médico y obligado a guardar cama. Ensayáronse también varias prácticas hidroterápicas, pero todo fue en vano. Mediante la aplicación de mi sistema se curó en seis semanas, no sin que el médico declarase que le parecía un portento. Entonces se presentó a mi para informarse del procedimiento seguido, ya que, en su sentir, no había en aquel cuerpo un átomo de actividad, por lo que las prácticas hidroterápicas por él prescritas no dieron resultado. Díle a conocer un sencillo procedimiento y las no menos sencillas prácticas puestas en uso. Esto le hizo comprender que la potente manga de riego no sirve para apagar la llama de una tea; su tratamiento era harto rudo; el mío suave, moderado y estaba en harmonía con las fuerzas y la resistencia del mísero cuerpo del enfermo.

Siento una compasión indecible cuando oigo hablar de pacientas que no han podido abandonar el lecho del dolor por espacio de diez, veinte y más años. En realidad tales criaturas son bien dignas de lástima; y fuera de algunos casos excepcionales no se explican satisfactoriamente tales fenómenos; también en la Sagrada Escritura se hace mención de un enfermo que soportó su dolencia por espacio de 38 años. Tengo la firme convicción de que muchos de estos infelices, confinados en el lecho del dolor, volverían a andar por su pié si, con inteligente perseverancia, se les sometiese a mi sencillo tratamiento hidroterápico.

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